Salimos de la estación y nos dirigimos a la Catedral, nuestro primer sello y alguna foto típica, nos dirigimos al albergue del Parral, allí hacemos nuestro primer contacto con los peregrinos, estábamos muy nerviosos pero con mucha ilusión, estábamos a punto de comenzar algo que para nosotros, sobre todo para mí, era muy importante.
Cuando salimos de Burgos eran cerca de las tres de la tarde, comenzamos a pedalear con muchas ganas, íbamos pasando por distintos pueblos tan conocidos para nosotros por haber leído tanto de ellos en Internet mientras preparábamos nuestro Camino.
Incluso en Tardajos, el segundo pueblo que pasamos nos permitimos reírnos mirando en el mapa los km. que nos quedaban a Santiago.
Estábamos tan impacientes por pedalear que incluso me olvidé de echarme el protector solar, mas tarde lo pagaría.
Fuimos pasando distintos pueblos, en Rabe estuvimos intentando buscar a la monjita que según habíamos leído, regalaba medallas de la Virgen a los peregrinos, pero no estaba, a esas horas no había nadie en la calle.
Pedaleando por esos caminos, a mediodía, me iba dando cuenta de la soledad que embarga esta zona. Nos encontramos con alguna peregrina de a pie, y realmente pensé lo que dura tenía que ser esta etapa para ellos.
Casi tanto para mí como cuando me tuve que enfrentar a mi primera cuesta abajo, y además que cuesta, ¡madre mía, qué cuesta! y cuantas piedras que tenía. La llaman la cuesta de Matamulos y la verdad es que no me estraña. Como soy tan miedosa a las cuestas abajo y tan patosa con las piedras, decido bajarme de la bici y bajar andando con ella, más vale prevenir que acabar llamando a la cuesta Matamarías.
Y claro como tampoco llueve a gusto de todos pues también tuve que empujar en más de una cuesta, lo que me hacía pensar que si esta era la parte llana ¿Que sería lo que me esperaba después?.
Recuerdo especialmente El Albergue Arroyo de San Boll, es un poco especial, un poco hippy, pero te impresiona ver algo tan verde en medio de tanta aridez, es como un oasis en medio del desierto.
Paramos allí a tomar algo de beber, lo poco preparada qué estaba y el calor tan fuerte que hacía a mediodía me hacían sentir medio deshidratada, aparte del agua que llevábamos teníamos que parar en los pueblos cada poco tiempo para tomar algo y reponer los líquidos que iba perdiendo.
Después de mucho rato por el llano, casi oculto, al final de una bajada estaba Hontanas. Allí decidimos parar un tomar un bocadillo, eran las 5 de la tarde, el bocata una birria pero la Coca-Cola y el agua de la Fuente estaban de lujo.
Mientras comíamos, charlamos con unas peregrinas francesas que estaban en la sombrilla de al lado, quién nos iba a decir que días después coincidiéramos con ellas a muchos kilómetros lejos de allí.
Siguiendo el camino llegamos ante las ruinas de San Antón, es alucinante, no sabría explicar la sensación que se tiene cuando pasas por debajo de ellas, juraría que incluso se me puso el vello de punta, me emocioné, pensar que estábamos allí, pasando por debajo de esas ruinas que tenían tantos años y que habrían visto pasar millares de peregrinos a lo largo de su historia.
Desde aquí el camino sigue por la carretera que te lleva hasta Castrojeriz, tenía bastante miedo porque sabía qué después de aquí estaba esperándome El Alto de Mostelares. Desde el primer día que me puse a leer sobre el camino me había quedado un miedo muy grande a este sitio pues decían que era difícil la subida, eso no es lo que más me preocupaba, siempre podría empujar, pero decían que tenía una bajada muy complicada, y no se si lo he dicho pero tengo fobia a las cuestas abajo.
Preguntamos a los lugareños y nos dijeron que las bicis no solían ir por allí, mejor que nos fuésemos por la carretera, que hacíamos algún kilómetro más pero que merecia la pena pues la carretera no tenía tráfico y el Alto sí que tenía muchas piedras.
Así que nada, se me iluminó el cielo, todo mi miedo se pasó y tiramos por la carretera. Fue una maravilla y es que verdaderamente no tenía tráfico pues no nos encontramos con nadie.
Cuando traspasé la puerta de entrada, que era una antigua puerta de corral, no me imaginé lo que me iba a encontrar: Un jardín con césped y flores y en medio de todo una piscina, ¡Creía qué estaba soñando!.
Después de un día tan agotador para mí, había hecho 65 km. y nunca anteriormente había hecho tanto y además habíamos salido a las dos de Burgos y no había dormido ni dos horas con los preparativos del viaje.
Al llegar allí comentaron que sólo tenían dos literas de arriba o una habitación, no lo dude me quedé con la habitación, la vista de las literas me asusto un poco, aún no estaba preparada para dormir todos juntos.
Después, la rutina que a partir de ahí seria siempre la misma al llegar: ducha y a hacer la colada.
Cenamos allí, todos juntos, las mesas eran colectivas y aunque habíamos elegido la comida entre los platos que tenían, recuerdo que dejaban las fuentes en medio de la mesa para que cada uno se sirviese y las compartíamos entre todos.
Comenzamos a hablar y compartir experiencias del día con el resto de los peregrinos y fue allí, en ese momento cuando comencé a saber lo que realmente era el Camino, lo que después he ratificado: El Camino es eso, compartir con los demás esos momentos, hablar con gente que no conoces y que al final de la noche parece que llevas años conociéndolos, el Camino es eso, compartir con los demás tus vivencias del día.
Intentamos salir a ver el rollo, pero aunque era Agosto, cuando intentamos salir de allí hacia un frío terrible, así que vuelta y a dormir que ya era hora.
Al día siguiente había que seguir.
Resumen de etapa:
Km. Totales: 65500
Km. Día: 65.500
Velocida Máxima: 45,200
Velociad Media: 13.400
Tiempo pedaleo: 4h. 53 '











